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Sanarse es un proceso, me dijo, dejándome algunas tareas como parte de aquel proceso. Una de esas tareas es escribir. Me pidió que escriba todos los días, lo que sea, ideal que sean asuntos positivos, por la vibración que provocan y que luego viene de vuelta. Como me quiero sanar, me puse a escribir altiro. Pese a que suena como una imposición, en realidad no lo es tanto: hace rato que escribo. Por motivación propia, porque me gusta, porque tengo problemas para comunicarme y entre hablar y escribir, se me da más fácil el escribir. Y también porque me gusta la idea de la palabra como algo inembargable en medio de lo tan mercantilizado del mundo que habitamos, donde todo es transable o expropiable. Incluso si perdiera la libertad, me quedaría la palabra, y vaya como la palabra se abre camino superando todo tipo de obstáculos. En mi caso la palabra me sanará, superando la coraza que pretende ser mi enfermedad. Como te decía, hace rato escribo; quizás no me resultó al primer intento, recuerdo el año 1994 cuando quise hacer una revista donde escribir de fútbol, recién terminaba el Mundial de Estados Unidos y tenía muchos diarios y revistas con información para ser reciclada y condensada en un solo especial que resumiera lo acontecido, conseguí una máquina de escribir con un vecino y lo invité a participar, pero no enganchó y cuando me vi sólo, arrugué con mi propio proyecto. Pienso en esa máquina de escribir, siendo que a esas alturas de la modernidad ya había computadores e impresoras, pero lo que no había era programas para editar una mezcla de texto y fotos; la idea con la maquina era escribir, recortar, juntar textos y fotos en un archivo maestro y luego fotocopiar: un fanzine. Algo parecido hicimos ese mismo año con un amigo y compañero de curso metalero para el ramo de castellano, no sé si escribimos pero al menos alcanzamos a sacar un par de copias de esa revista. Más adelante, ya en los dosmiles, con un amigo abrimos un bar en Valparaíso y una de mis labores era enviar un correo semanal para difundir las tocatas que ahí organizábamos. Intentaba llenar esos texto con un tipo de humor extraño, pero de escaso atractivo publicitario. De esa experiencia rescato el ejercicio semanal de la escritura, la obligación de tener una fecha límite para terminar/enviar y la retroalimentación que tuve de algunas personas, en busca de un estilo que fuera gracioso, no obvio y entendible. En ese mismo bar, ya sin mi amigo-socio, los cambios tecnológicos trasladaron las tareas de difusión desde el correo semanal a las redes sociales, plataformas que aparecen como un punto de inflexión importante en mi motivación por escribir. Hasta antes de las redes sociales, el esfuerzo para publicar un escrito no era menor; por ejemplo, si bien tuve la inquietud de crear un blog, no lo hice porque significaba un nivel de involucramiento que nunca asumí, en redes sociales ese nivel de involucramiento tiende a cero, no existe dificultad alguna que te impida publicar, empiezan a abundar las publicaciones y en principio eso produce un efecto hipnótico, luego pones el balón al piso y surge el espíritu crítico, qué tanto merece ser publicado eso que estás escribiendo? pasa el tiempo y ya no eres el mismo que publicaba opiniones sobre todo en todo momento, una especie de autocensura te lleva al silencio, pero al silencio de no mostrar, porque las palabras seguían ordenándose como ideas, frases, pequeños textos que no pasaban a ser más que eso por el pudor al público, un temor que todavía no logro entender. Ese ha sido el deambular de mi palabra durante cuarenta y un años, hoy en día hasta debería agradecer a esta enfermedad que me pone frente a la palabra nuevamente. Esa bien podría ser mi primer pensamiento positivo del día: Agradezco a esta enfermedad que de ahora en adelante me hará escribir. Y acá se escribirá de música.

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